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El
resultado neto de la simplificación de la biodiversidad
para propósitos agrícolas es un ecosistema artificial
que requiere de una constante intervención humana.
En la mayoría de los casos, ésta intervención
ocurre en la forma de insumos (agrotóxicos, fertilizantes
químicos, etc), los cuales, además de aumentar
los rendimientos (en el corto plazo), resultan en una cantidad
de costos ambientales y sociales indeseables.
Con el progreso de la modernización los principios
agroecológicos son continuamente desestimados. Como
consecuencia, los agroecosistemas modernos son inestables
y sus quiebres se manifiestan como rebrotes de plagas recurrentes
de plagas en muchos sistemas de cultivo y también en
forma de salinización, erosión de suelos, contaminación
de aguas y suelos, pérdida de la biodiversidad, residuos
de agrotóxicos en los alimentos de origen agropecuario,
etc. A su vez la falta de rotación y diversificación
eliminó mecanismos autorreguladores, convirtiendo el
monocultivo en el agroecosistema más vulnerables por
su fuerte dependencia en insumos químicos.
Según
el paradigma dominante, la diversidad atenta contra la productividad,
que crea la necesidad imperiosa de uniformidad y monocultivos
. Esto ha generado la paradójica situación en
la cual el mejoramiento de las plantas termina provocando
la destrucción de la diversidad biológica que
se emplea como materia prima.
Las consecuencias de la reducción de la biodiversidad
son particularmente evidentes en el campo del manejo de plagas
agrícolas . La inestabilidad de los agroecosistemas
se manifiesta a través del empeoramiento de la mayoría
de los problemas de plagas y está ligada con la expansión
de los monocultivos a expensas de la vegetación natural.
Lamentablemente
y desde la llamada revolución verde, la dependencia
a los agroquímicos ha puesto en riesgo los recursos
genéticos de nuestro país a partir de la introducción
de pesticidas y asimismo de semillas foráneas, híbridas,
etc. que no han resuelto la problemática de producción
de alimentos, sino que han agudizado creando resistencia en
las plagas y contaminando la salud y el medio ambiente.
En general
tanto técnicos como productores adoptaron las premisas
de la Revolución Verde (o agricultura moderna, convencional
o industrial) en forma acrítica. Este modelo, que se
puede caracterizar como basado en la gran escala, el monocultivo,
uso intensivo de insumos (fertilizantes químicos sintéticos,
agrotóxicos, alto grado de mecanización, alta
dependencia con el mercado) comienza a implementarse con fuerza
en el país a partir de los setenta. En muchos sectores
productivos estas propuestas no se adoptaron en su totalidad.
La granja como en otros sectores intensivos, incorporó
algunas características como uso intensivo de insumos
y especialización en aquellos sectores más capitalizados.
Se pasó a caracterizar a esta tecnología como
mejorada y se explicaba la no adopción como una deficiencia
de los productores que podía ser superada con créditos
y más y mejor extensión.
Los efectos
sociales de la adopción de éste paquete fueron
el de marginar a gran parte de la población rural,
incrementar la diferencia entre los campesinos pobres y los
ricos y aumentar la dependencia de los predios agrícolas.
Debido a la degradación de los recursos naturales,
en especial la erosión de los suelos, se observa que
la productividad agrícola comenzó a declinar
en algunos granos para los últimos años, denotando
cierto agotamiento del modelo.
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