QUE LEJOS QUE ESTA MI TIERRA

Han pasado 10 años desde aquel día en que la sorpresa y el miedo nos invadieran, cuando la confusión irrumpió en la vida cotidiana de quienes todavía arrastrabamos el exilio en los países nórdicos. En aquel mes de abril la luz de cada día se incrementaba evidenciando que la primavera se iba instalando sobre aquella Suecia hasta hacía poco tiempo cubierta de nieve. De alguna manera sus habitantes a esa altura del año también despliegan una mayor alegría y ganas de vivir. Sin embargo aquella primavera del 86 quedó marcada por una amenaza invisible que luego supimos que tenía su origen en Chernobyl, un lugar desconocido hasta el día en que se supo que la central atómica instalada en sus inmediaciones había colapsado.

Caminar por las calles de Estocolmo, al igual en que muchas ciudades del continente europeo, se convirtió entonces en una amenaza y en una aventura.
Las autoridades suecas y los institutos especializados detectaron la presencia de un nivel de radiaciones nucleares muy por encima de lo normal. Y rápidamente actuaron desde la hipótesis de que el problema podría estar en sus centrales átómicas, que desde el plebiscito de 1980000 deberán ser desmanteladas antes del 2010000. Medidas inmediatas de precaución se tomaron en cada una de sus centrales y en las zonas circundantes. Pero no era allí donde se originaba el problema, y sólo luego de unos días las autoridades de la Unión Sovietica reconocieron la causa, después de mostrar la irresponsabilidad con que su burocracia manejaba los bienes y la información que supuestamente debía a su sociedad, y en este caso al mundo entero.

Y el pánico, en diferentes niveles se manifestó entre la población. Con la primavera empezaron a aparecer las frutas y las verduras de la región expuestas a las radiaciones que se difundían desde Chernobyl, montadas en el viento o en las lluvias. Los alimentos podían portar un peligro enorme para la salud. Las medidas sanitarias no necesariamente eran seguras. Y las apetecibles bayas y frutas del bosque, de enorme significado cultural, origen de viejísimas tradiciones, como en otras viejas leyendas de brujas y gnomos que pueblan bosques y cuentos, podrían estar envenedadas. Ahora no por brujas malignas, sino por las tecnologías más avanzadas y más apreciadas por la ciencia y la opinión pública.
Hacia el norte, ya por encima del círculo polar, los lapones y su cultura, ya amenazada por las formas capitalistas y tecnocráticas, pudieron comprobar como "la civilización le clavaba su puñal" ya que las lluvias precipitaron sobre los líquenes y las plantas particulas radiactivas que los convirtieron en contaminantes letales. Pero en ese ecosistema esa vegetación es básica para alimentar a los renos, sobre cuya migración territorial se funda su forma de vida y su propia alimentación, la confección de ropas, viviendas y utensilios de uso. El desequilibrio provocado en otro territorio, por otra cultura y por otros seres humanos los obligó a sacrificar a rebaños de cientos de miles de renos. Así, inesperadamente, su alimento material y cultural en horas quedó contaminado, eliminándolo como bien económico en el presente y marcándolo por mutaciones genéticas para un futuro posible.
Más cerca de Estocolmo, otras poblaciones corrieron la misma suerte, pues su ambiente natural y todas sus construcciones recibieron el mismo impacto contaminante, impacto que afectó la salud y las estrucutras genéticas de muchos de sus pobladores comprometiendo sus generaciones futuras.
Días después la televisión comenzó a trasmitir imágenes del desastre, tanto referidas a las instalaciones de la central en Chernobyl, como en sus atónitos habitantes. Mostrando las enormes contradicciones que vivían, un veterano de la Segunda Guerra Mundial no sin cierta desesperación señalaba que ahora enfrentaban un enemigo interior, sin rostro, inmaterial, frente al cual no podía luchar. Enemigo que lo amenazaba con aniquilarlo como no lo había podido hacer el nazismo, frente al que quedaba inerte e impotente. También aparecían figuras del ejército y del partido acusandose mutuamente, y otra vez trabajadores valientemente rotando en primera fila, exponiendose en la tarea de intentar el control de un peligro que habían desencadenado dirigentes políticos, militares y técnicos sin tenerlos en cuenta, ni antes ni ahora.
"Que vengan ellos a encarar la situación", fue un testimonio enérgico en medio de otros que mostraban el retorno de sacerdotes y ceremonias de la vieja religión ortodoxa rusa. Y largas colas de niños y mujeres frente a dispensarios que iban midiendo los índices de contaminación asentados en sus cuerpos. Un número de bequereles definía nuevas categorías sociales. Los que más tenían eran los más desgraciados, una nueva manera de distribución que mostraba que el "socialismo real", en realidad era otra cara de la falta de socialismo, de calidad de vida y de participación social. Una última imagen de niños bañándose alegremente, en un arroyo que corre con la misma apariencia inocua de siempre, pero que evacuando las aguas de la central cerraba la nota mostrando la arbitrariedad y la impunidad de los modelos que exaltan la técnicas de dominación de la naturaleza y de los seres humanos.

 

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