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A
partir de las revoluciones industriales y con la sucesión de las
innovaciones tecnológicas, el proceso de deterioro ambiental se
aceleró incesantemente. En la esfera de las relaciones entre el
hombre y la naturaleza, ya se manifiestan hoy signos de agotamiento o
escasez de ciertos recursos no renovables, esenciales para la actividad
humana, y daños irreversibles que amenazan el equilibrio de la
biósfera.
En la raíz del conjunto de estos problemas se encuentran las modalidades
de producción y consumo de las sociedades industriales. En esa
lógica puramente técnica y económica, el medio ambiente
y los recursos naturales aparecen como meros instrumentos al servicio
del crecimiento económico: la búsqueda de una elevada e
inmediata rentabilidad lleva a desdeñar los daños infligidos
a la naturaleza, y con ello a la sociedad en su totalidad.
En muchos países, la contaminación del agua, del aire y
del suelo ha ido agravándose en forma alarmante, con los consecuentes
efectos nocivos para las comunidades humanas. Las naciones industrializadas
fueron las primeras que sufrieron los impactos causados por las nuevas
tecnologías contaminantes. Por tal causa, establecieron normas
muy estrictas que erradicaron el uso de muchas de ellas. Sin embargo,
esos contaminantes son volcados hacia los países del Tercer Mundo
que, en muchos casos, consideran que esas nuevas tecnologías inician
el .
A las corporaciones multinacionales que dominan el comercio mundial no
les preocupa lograr un desarrollo sostenido a largo plazo, sino obtener
ganancias a corto plazo. Los gobiernos se preocupan por un crecimiento
rápido porque cada pocos años deberán enfrentar a
los votantes y, por lo tanto, necesitan logros inmediatos; si hay efectos
perniciosos secundarios será la próxima generación
de políticos la que deberá entenderse con ellos, mientras
que los afectados serán los futuros ciudadanos.
Desafortunadamente, el largo plazo un día se junta con el corto
y el futuro un día se convierte en presente. Y así está
pasando con nuestra generación: los problemas del pasado se han
acumulado y ahora forman parte del presente.
Los plaguicidas
químicos
En la década de 1950 fueron lanzados a nivel internacional como
un milagro de la ciencia y una panacea para enfrentar a los problemas
de plagas. Promovidos por poderosas corporaciones multinacionales, agencias
internacionales de ayuda y por las políticas gubernamentales, los
plaguicidas se han expandido a nivel mundial con la llamada y a través
de las políticas de libre comercio.
El uso cotidiano de esos químicos contribuye a la crisis de la
agricultura que dificulta la preservación de los ecosistemas, los
recursos naturales, y afecta la salud de las comunidades rurales y de
los consumidores urbanos. La búsqueda de la productividad a corto
plazo por encima de la sustentabilidad ecológica, practicada en
las últimas décadas, ha dejado un saldo a nivel mundial
de contaminación y envenenamiento donde el pretendido remedio universal
ha resultado ser peor que la enfermedad.
En EEUU se vierten anualmente en el ambiente más de 500 mil toneladas
de plaguicidas, o sea el 30% del total mundial; otro tanto se vuelca en
Europa y el resto en los demás países del globo.
De acuerdo a estimaciones de 1990, más de 25 millones de personas
se envenenan al año con plaguicidas en todo el mundo. La Organización
Mundial de la Salud ha estimado en 20.000 las muertes provocadas anualmente
por la exposición a esos tóxicos.
En el año 1962, la bióloga Raquel Carson publicó
su libro Primavera Silenciosa en el que, de una manera elocuente y con
fundamentos científicos, destaca las consecuencias nocivas para
el ser humano y el medio ambiente que provoca el uso de peligrosos venenos
químicos para combatir las plagas y enfermedades de las plantas.
Tiempo después, las investigaciones demostraron la presencia de
plaguicidas clorados en el tejido adiposo de mamíferos marinos
y otros vertebrados e incluso en la sangre de los seres humanos y en la
leche materna. También quedó en evidencia que muchos plaguicidas
causan daños genéticos, cáncer y depresión
del sistema inmunológico. En un proceso de registro que lleva más
de 20 años, sólo dos plaguicidas han podido salvar en EEUU
las pruebas de evaluación de efectos crónicos de salud y
en el que se han identificado más de 92 plaguicidas como posibles,
probables o conocidos cancerígenos.
Aunque los trabajadores agrícolas enfrentan la mayor exposición
a esos tóxicos, los consumidores también corren los riesgos
al comer alimentos contaminados. Los científicos no han podido
aclarar los efectos a largo plazo de ingerir residuos de distintos plaguicidas
en los alimentos, cotidianamente y por muchos años.
Por otro lado, el uso sistemático de esos químicos crea
resistencia en los insectos, hongos y malezas que pretenden atacar. Al
aplicar plaguicidas, se ataca tanto a los organismos considerados plaga
como a los insectos y parásitos benéficos, pues se rompe
el equilibrio biológico natural propiciando el surgimiento de nuevas
plagas o el resurgimiento de las ya establecidas. El aumento en el número
de aplicaciones, la elevación de las dosis y la preparación
de , mezclando distintos tipos de plaguicidas, no hace sino agravar más
los problemas desatando una espiral creciente de contaminación.
Ante las medidas de prohibición de muchos productos y el aumento
de los costos de inversión para introducir los nuevos en el mercado
de los países desarrollados, las compañías multinacionales
han respondido exportando al Tercer Mundo aquellos tóxicos. En
el caso de EEUU, el 25% de los plaguicidas exportados a aquellos países
son productos prohibidos o sin registro interno debido a los comprobados
daños a la salud y al ambiente.
Ese comercio infame, conducido por las corporaciones transnacionales,
con el aval de los países productores y la de muchos gobiernos
de los países del Tercer Mundo, provoca graves daños en
el medio ambiente y la salud de las poblaciones.
El científico estadounidense E.Hathaway, en su libro Plagas y venenos,
Agrotóxicos en Brasil y el Tercer Mundo, decía en l982:
.
Lamentablemente, esa conducta predomina en nuestros países subdesarrollados:
autoridades y técnicos adoptan y aplican, sin discusión
y análisis, las tecnologías que dejan graves secuelas de
deterioro ambiental y social. Además, con esa política de
aceptación lisa y llana de esas recetas, se dejan de lado prácticas
y métodos de producción agrícolas tradicionales,
que dieron sustento a las poblaciones durante siglos pues no son lesivos
y mantienen la vigencia de los recursos de la naturaleza.
Los agrotóxicos
en el Uruguay
De acuerdo a los datos de los Censos Generales Agropecuarios, desde 1951
a 1986, la modernización del agro uruguayo ha comportado un aumento
de la producción de artículos de exportación, así
como la concentración de la propiedad de la tierra en menor número
de manos y el éxodo de la mano de obra rural desocupada a los cinturones
de pobreza de los centros poblados. Ello trajo aparejada la agudización
de la desigualdad del ingreso entre las distintas clases sociales y el
creciente deterioro del medio ambiente.
Simultáneamente con el avance de la mecanización, y facilitada
por ella, se produjo una intensa utilización de agroquímicos,
en especial a partir de la década de los 50. La importación
de fertilizantes químicos se cuadruplicó en el período,
y el de plaguicidas se multiplicó por 300 en kilogramos brutos
importados. Esos procesos han provocado intensas alteraciones de los recursos
naturales y en algunos casos la pérdida productiva de los mismos:
más del 30% de los suelos del país sufren diversos grados
de erosión, las aguas fluviales y marítimas están
contaminadas, así como los productos del agro.
Instituciones oficiales del país realizaron diversos análisis
que permitieron constatar importantes grados de contaminación por
residuos de agrotóxicos en las aguas del Río de la Plata,
varios ríos y arroyos, en carnes de exportación, en granos
de cereales, en la sangre de la población y en la leche materna:
- Entre 1980 y 1986,
el Servicio de Oceanografía, Hidrografía y Meteorología
de la Armada Nacional (SOHMA) analizó las aguas del Río
de la Plata y verificó residuos de plaguicidas en todas las muestras
recogidas.
- El Ministerio
de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) realizó entre
1978 y 1987, el monitoreo de residuos en carnes rojas y los resultados
mostraron que en todas las muestras aparecieron plaguicidas clorados
y fosforados.
- De 1979 a 1983,
el Centro de Información y Asesoramiento Toxicológico
(CIAT) de la Facultad de Medicina, analizó sangre de la población
expuesta y no expuesta a los plaguicidas, leche materna y sangre del
cordón umbilical. En todos los casos aparecieron residuos de
clorados.
- Entre 1979 y 1988,
el MGAP constató que los granos de cereales de exportación,
arroz, cebada y avena, eran portadores de residuos de clorados. En 1982,
la República Federativa de Brasil elevó una protesta porque
la importación de arroz uruguayo contenía residuos de
clorados.
Es importante hacer
notar que las instituciones oficiales sólo se abocaron a verificar
la existencia de residuos tóxicos en los productos del agro destinados
a la exportación, pero no en aquellos que consume la población
de nuestro país, como frutas, verduras, huevos, lácteos,
etc.
En los últimos años, las autoridades del MGAP limitaron,
aunque no prohibieron, el uso de varios plaguicidas que están prohibidos
en numerosos países por sus consecuencias nocivas, como los clorados,
por la causa antes señalada: sus residuos contaminan los productos
de exportación (carne, lana, cereales, frutas, etc.) y se corre
el riesgo de que sean rechazados en el mercado externo.
Evidentemente, ese es el único criterio al que apelan las autoridades
de nuestro país para regular el uso de agrotóxicos. No influyen
en sus decisiones los estudios, investigaciones y experiencias de otros
países; las prohibiciones del uso de productos nocivos denunciados
por las Naciones Unidas, ni tampoco los resultados de los análisis
nacionales antes detallados.
El director del Registro Nacional del Cáncer, del Ministerio de
Salud Pública, Dr. J.A.Vasallo, en su libro Cáncer en el
Uruguay, de 1989, expresa: . Significa un 64% de incremento en 30 años.
Desde 1983 a la fecha, las Naciones Unidas publican la Lista Consolidada
de Productos Prohibidos, Severamente Restringidos o Retirados del Mercado,
donde se incluyen medicamentos, químicos para la agricultura, químicos
industriales y de uso doméstico, denunciados por los países
miembros y que han demostrado ser altamente nocivos. Nosotros hemos cotejado
ese listado con la Lista de Plaguicidas de uso autorizado en Uruguay,
publicada por el MGAP, y constatamos que en nuestro país se utilizan
más de 200 productos comerciales de plaguicidas nocivos que han
sido denunciados en la lista de la ONU, y que más de 100 de ellos
son probados cancerígenos.
Alternativas al
uso de agrotóxicos
Ante la contaminación generalizada del entorno, los científicos,
técnicos y agricultores, en su lucha contra las plagas y enfermedades,
han vuelto a las prácticas tradicionales de nuestros antecesores
combinándolas con los conocimientos adquiridos acerca de los ecosistemas
y las poblaciones bióticas. Se busca así, por medio de diversos
tipos de controles de manejo (cultural, mecánico, físico,
biológico) y del uso de productos no contaminantes, lograr productos
vegetales y animales limpios.
Al conjunto de esos planes se le ha denominado (IPM) o (CI). En realidad,
es una filosofía que no atiende sólo a la población
de plagas, sino a todo el agroecosistema. En primer término
y como prevención, apunta a la utilización de prácticas
adecuadas de cultivo para mantener un sistema saludable en el que todos
los componentes estén funcionando y las plagas sean toleradas hasta
que alcancen ciertos niveles. Entonces se iniciará el con las armas
limpias correspondientes.
Lamentablemente, es difícil implementar el IPM en el marco económico
actual. Un serio factor que impide el desarrollo de ese plan es la práctica
tan extendida de subsidiar el uso de plaguicidas. R. Repetto, del Instituto
de Recursos Mundiales, investigó en 1985 los subsidios al uso de
plaguicidas en nueve países subdesarrollados; en ellos, los gobiernos
otorgan subsidios a la fabricación de plaguicidas a fin de que
sean ofrecidos a muy bajo precio en el mercado; otorgan préstamos
para la compra de esos productos y estimulan en general su uso a través
de diversos medios. El valor de esos subsidios va desde el 19% al 89%
del costo real de los plaguicidas. Con ello se incrementa el sobreuso
de esos tóxicos y se socavan los programas de IPM. Aún más,
muchos científicos resaltaron que, aunque muchas organizaciones
internacionales y gubernamentales afirmaron la importancia de los programas
de IPM, son muy escasos los fondos que se dedican a la investigación
y desarrollo de los mismos.
El IPM también requiere esfuerzos, una buena parte de cooperación
y, por lo menos en las primeras etapas, una infraestructura social estable,
capaz de estimular y soportar esa cooperación. En particular, el
éxito del sistema IPM requiere de un diseño correcto y adaptable
a la agricultura y cultivos locales y, sobre todo, una voluntad política
decidida.
Conclusiones
Ante el envenenamiento ambiental por agrotóxicos, consideramos
que los gobiernos deben modificar sus políticas agrícolas
y comerciales, llevando a cabo acciones inmediatas como:
- Impedir la importación
y el comercio de plaguicidas prohibidos, severamente restringidos o
sin registro, debido a los graves daños a la salud y al ambiente
que provocan.
- Estimular económicamente
a los agricultores para la conversión agroecológica de
sus prácticas de cultivo, mediante planes de transición
nacionales y regionales, brindándoles todo tipo de apoyo.
Sabemos que la ciencia
y la tecnología aplicadas en el Tercer Mundo responden a un modelo
de desarrollo que llevan a aceptarlas en forma incondicional, lo que ha
provocado, además de grave daño a las sociedades del Tercer
Mundo, una total dependencia del capital y mercados del mundo desarrollado.
Las sociedades subdesarrolladas no pueden ni deben imitar los modelos
de los países industrializados, puesto que siendo conscientes de
sus defectos, tienen la oportunidad histórica de plantearse nuevos
estilos de desarrollo más racionales.
La experiencia moderna de la agricultura orgánica y la experiencia
tradicional de las comunidades campesinas nos demuestran que es posible
producir alimentos y fibras sin agroquímicos. De igual forma, los
aportes científicos de la agroecología y las técnicas
del IPM señalan el camino de la búsqueda de alternativas.
Hay que tener en cuenta que es imprescindible desarrollar una tecnología
alternativa que se adecúe a las culturas y necesidades de cada
país, es decir, acordes con las condiciones socioeconómicas
y ambientales locales específicas.
Pero además, la resolución de los problemas ecológicoambientales
no reside tanto en actuar sobre el medio ambiente, como sobre las actividades
humanas que mantienen una relación estructural con él, tratando
de cambiar las bases irracionales sobre las que se sustenta el sistema
dominante.
Una mayor comprensión de los problemas ecológicosociales
en el Tercer Mundo debe estar ligada a la dimensión global del
sistema económico, social y político. Porque el desarrollo
debe entenderse como un proceso de cambio estructural global y, a la vez,
como continuo proceso de liberación individual y social, que tiene
como objetivo satisfacer las necesidades humanas, empezando por las básicas,
y aumentar el bienestar y la calidad de vida de las generaciones presentes
y futuras.
Publicado en Tierra
Amiga - Número 12, 1993
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