ARQUITECTURA Y MEDIO AMBIENTE
tesis para otra arquitectura


¿Cuál es la relación entre la arquitectura y el ambiente?
¿La construcción de los espacios para la vida humana es solamente una cuestión material o espacial?
¿Cúal debería ser la participación de la gente desde el diseño a la construcción de sus lugares de vida?

Estos distintos aspectos llevan a diferenciar a la arquitectura como un instrumento integrado al hacer sociocultural de su validez como expresión artística.
Dentro de los sistemas ambientales, la arquitectura forma parte del subsistema construído (que engloba casas, calles, ciudades o áreas cultivadas, paisajes modificados o inventados por el ser humano). Tomando este aspecto como punto de partida de una visión ecológica, es necesario definir el porqué, para qué, con quién, en que contexto hoy, ayer y sobre todo mañana se resolverá la forma y modo de vida que la arquitectura deberá albergar. Y de allí la necesidad de una permanente interacción entre pobladores y técnicos.

El gran dilema de fondo sigue siendo la falsa relación ciudad-campo (ciudad-naturaleza). Los teóricos internacionales que representan las tendencias arquitectónicas a nivel mundial definen la ciudad -tal como se da en nuestros días- como si fuera el único medio para la vida humana. Pero en realidad lo definen como "un desierto": un territorio donde lo natural tiene derechos restringidos, el campo es provincia o periferia, resto anticuado que no vale la pena y de alguna manera condenado a desaparecer. Nuestros cuerpos, que podríamos llamar nuestra máquina, y las interacciones que surgen con el juego social sólo necesita el campo en forma de comida y como destinatario de los residuos que van de nuevo al campo (o a las corrientes de agua) en forma de basuras o aguas servidas.

Mientras no encontremos relaciones nuevas para este problema central las crisis urbanas se irán incrementando y aumentará el custionamiento a las formas y métodos de lo que construyamos.

La realidad de los cantegriles que se van acumulando alrededor de las grandes metrópolis son expresión y denuncia de un modo de desarrollo que nos va amenazando cada vez más. Si no podemos encontrar una formula global para resolver este dilema, deberíamos partir desde abajo, desde las bases donde los seres humanos se encuentran y crean cultura. Para ello, redescubrir y atender las necesidades humanas puede ser el mejor camino, camino que deberemos hacer al andar. Pero es cada vez más evidente que ese andar tiene que fundarse en los deseos e ideas de los que habitarán lo que se proyecte. Razón esta que explica las nuevas corrientes surgidas en la sociedad demandando participación en todas las etapas que llevan a la definición de políticas en temas de urbanismo y de vivienda. Organizaciones barriales, cooperativas de autoconstruccion, grupos de mujeres o de jóvenes con déficit de vivienda, se van perfilando como actores sociales con fuertes reivindicaciones en toda esta temática.

Pequeñas unidades eficaces de personas de todas las edades, de distintos sexos y culturas, surgidas desde lo local, en lo que hoy se llaman ecocomunidades o, por lo menos, grupos de vecinos organizados y sensibilizados, dispuestos a defender su ambiente, parecería ser un camino alternativo posible para otra cultura del habitat.

Estas ecocomunidades u otras formas comunitarias deberían ahorrar energía y consumir lo menos posible, lo necesario, administrar colectivamente los espacio comunes ( que a veces se descuidan al considerarlos como de nadie) y participar activa y responsablemente de todas las decisiones que afectan su hábitat.

En América Latina nos encontramos después de más de 500 años de colonización, con situaciones ambientales muy precarias. La naturaleza sobreexplotada ha perdido, en muchos casos, hasta su capa vegetal y se encuentra invadida por casas, carreteras, tuberías, autopistas, torres de alta tensión, árboles y plantas exóticas no pertenecientes a los ecosistemas locales. A todo esto se agrega el hecho de que los métodos de construcción empleados sólo atienden el interés de ganancia de las empresas y de los especuladores de terrenos y edificaciones.

La creación de nuevas formas comunitarias deben generar lugares alternativos de vida, de hábitat, de trabajo, de encuentro, de producción, de cultura, de gozo, etc. Recuperar la capacidad de habitar el territorio y no meramente tener un nicho para refugiarse y dormir.

En próximos artículos iremos dando pistas para llegar a planteos más concretos y realizables, tanto en lo referente al diseño de unidades de vivienda, de casas particulares, como en relación con técnicas de construcción con materiales y métodos adecuados y económicos. Numerosos ejemplos en Montevideo y el resto del país, como de otros países de América y del mundo podrán servir de referencia. Los problemas que se viven en nuestras ciudades, poblaciones y barrios reclaman la búsqueda de una verdadera alternativa ecológica y social. Para eso se necesitarán muchos árboles, más espacios colectivos, plazas y jardines, pero sobre todo vecinos organizados.

Este artículo toma opiniones del Arq. Eduardo Vargas quien tuvo, entre otras ocupaciones, la Dirección del Instituto de Urbanismo y Planificación Territorial de la Universidad de Hannover-Alemania. También dirigió obras realizadas en Comunidad delSur

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